Identidad y Escuela


Artículo de Saida García, Presidenta de Chrysallis Madrid (Asociación de Familias de Menores Transexuales) y Vicepresidenta de Chrysallis a nivel estatal.

Publicado en: Educando en Igualdad

Es cierto que, estadísticamente hablando, hay un porcentaje de personas que se ven representadas por el binomio que supone mujer/vulva y hombre/pene, y cuyo asiento registral refleja la realidad de sus vivencias como sujetos sexuados y les permite ser nombradas y reconocidas de acuerdo a su identidad, tanto a nivel legal como social pero, del mismo modo, nos encontramos con que, el resto del porcentaje estadístico, formado por personas transexuales, intersexuales o de género fluido, aun siendo una parte importante de la población, parten de una clara situación de desventaja administrativa, siendo esa misma inscripción errónea, la que condiciona su vida y el reconocimiento de sus derechos fundamentales. La explicación a todo esto viene desde un sistema marcadamente cisexista, en el que se ha adoptado ese porcentaje estadístico de situación de coincidencia (identidad/genitales socialmente asociados a la misma) convirtiéndolo en lo normal, en la norma a seguir y cumplir y, desplazando con ello, a las personas que pertenecen a la minoría estadística a un estatus personal, jurídico y social de anormalidad y trastorno que no corresponde con la realidad y que marca sus vidas desde el mismo momento del nacimiento.


Si bien es cierto que, con las herramientas actuales, es imposible determinar la identidad sexual de una persona en el momento del nacimiento garantizándonos un acierto del 100%, sí tenemos la opción de “enmendar” ese error de asignación en el mismo momento en que la persona expresa su identidad, teniendo en cuenta que, aunque dicha identidad queda asentada en torno a los tres/cuatro años de edad, sea la persona cisexual o transexual, esta manifestación dependerá tanto de las propias herramientas personales para entender y expresar la situación como de la presión externa que reciba en torno al tema o de las resistencias que encuentre en las personas adultas de referencia y ahí es donde entra en juego la escuela o instituto y las habilidades como educadoras y educadores para contribuir a mejorar la situación de la infancia y adolescencia trans y, por ende, construir una sociedad futura y presente en la que el respeto por la diversidad del ser humano forme parte de los valores de todos los individuos.


Sabemos que el sistema educativo actual presenta serias deficiencias y no deja lugar apenas para el aprendizaje de habilidades sociales y valores éticos que complementen la educación y la transformen en el caldo de cultivo necesario para el crecimiento integral de las personas inmersas en el mismo. El profesorado trabaja, en muchas ocasiones, bajo la presión constante de los contenidos obligatorios y los resultados sin ver atendidas sus demandas en cuanto a recursos o planes de formación y todo ello dificulta, en gran medida, la atención de las particularidades de cada alumna y alumno. Esta falta de tiempo y de recursos, favorece que la noticia de la transexualidad ligada a la infancia o adolescencia cuando “toca” en el propio aula o centro despierte temores e inseguridades por parte del equipo docente que pueden contribuir a magnificar el tránsito social del alumno o alumna y las repercusiones del mismo al encontrarse desprovistos de herramientas específicas.


Indudablemente, a nivel de toda la sociedad, existe una gran falta de información sobre transexualidad que, unida a la estigmatización sistemática que han sufrido las personas transexuales, hace plantearse el acompañamiento de una niña, niño o adolescente transexual como un gran reto de enorme dificultad, pero lo cierto es que, superando la primera etapa en la que la formación sobre la identidad sí es fundamental, lo que va a necesitar el alumnado transexual no es, ni mucho menos, nada complicado de ejecutar. Las niñas, niños y adolescentes transexuales necesitan las mismas cosas que las niñas, niños y adolescentes cisexuales, es decir: respeto, apoyo en los momentos específicos en los que se requiera y disfrutar de los mismos derechos y obligaciones que el resto del alumnado, ni más ni menos.


Independientemente de que, en algún momento nuestra escuela o instituto tenga que abordar una situación específica de transexualidad, el sistema educativo por entero debería realizar un profundo repaso en lo que a identidades y género se refiere, repensando de qué manera, como personas adultas de referencia dentro de los centros, se influye positiva o negativamente en el libre desarrollo del alumnado.


Deberían repensarse, por ejemplo, las actividades segregadas por sexo, la obligatoriedad en el uso de uno u otro uniforme, los baremos de educación física que marcan unos estándares falsos e inefectivos a la hora de medir el esfuerzo, el uso que de las instalaciones se hace (aseos, vestuarios….) y, sobre todo, las personas adultas deberían evaluar hasta qué punto no se convierten, dentro del aula, en la policía del género.


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